Lamiel
Lamiel Unos años antes, le entró una pasión por la sobrina de monsieur Hautemare, el mayordomo del pueblo; esta muchacha, alta, esbelta, delgada, apenas de catorce años, era omnipotente en el castillo. La servidumbre intentaba luchar con ella, pero mademoiselle Lambert, que había criado a la duquesa, no podía sostener la lucha contra Lamiel, nombre que la duquesa había inventado para la pequeña campesina.
Por esta pequeña Lamiel se indispuso la duquesa con su médico de París. Este señor había pretendido y había llegado a ser tan célebre y tan conocido que por ningún precio, por exagerado que fuera, se ausentaba de París durante tres días.
Y la duquesa, al recibir una tercera carta desoladora de este importante médico, se enfadó y mandó a buscar al otro extremo del pueblo al pobre diablo cuyo jamelgo y cuyo accidentado talle hemos descrito al comienzo de este capítulo.
Se dijo que Lamiel tenía un comienzo de enfermedad del pecho, y la duquesa exigió que Sansfin fuera a verla diez veces al día. Cuando, teniendo que ir a ver a un nuevo enfermo que vivía a dos leguas del castillo, se proponía no acudir, la duquesa le decía con el tono más seco, y seca lo era siempre: «Usted tiene que venir aquí con puntualidad, pues le pago tanto como el que más y… [palabra ilegible]».