Lamiel
Lamiel Un día, al cabo de dos años de este género de vida, volvía Sansfin a caballo por la carretera de París, de ver a un enfermo: a diez minutos de Carville, detuvo el caballo con un gesto de profundo asombro y hasta de horror: veía sobre la diligencia tres banderas tricolores. Una de ellas, muy grande, delante del cabriolet, la otra flameando sobre la rotonda y la tercera, pequeña, en la mano del conductor, que, sentado en la imperial con los viajeros de blusa, la agitaba de vez en cuando.
Esto aterrorizó a Sansfin hasta tal punto que se le nubló la vista. Como frecuenta el salón de la duquesa de Miossens y es recibido por los [palabra ilegible] que van, casi todos, al castillo, está imbuido de sus opiniones tanto [palabra ilegible] desprecio por él, y se dice: «Esto es una revolución que puede llevarnos a todos a la guillotina».
De pronto, apartó el caballo de la carretera. Pensó: «Vamos a ver qué significan esas banderas tricolores. Puede ser una estratagema del buen partido como la de aquel bandido de coronel Caron en Colmar [palabra ilegible].»
