Lamiel

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En estos paroxismos de elocuencia, Sansfin, embriagado con sus palabras, hubiera dado muy poca importancia a la doble imprudencia que acababa de cometer, hubiera contestado a todos los reproches de indelicadeza con estas solas palabras: ¡Un médico como yo [palabra ilegible]! No tengo más que arriesgarme a ir a establecerme en París… los periodistas que distribuyen la fama a los médicos; no tengo más que avenirme a la bajeza de compartir en las consultas la opinión de siete u ocho médicos de moda a los que me decida a conquistar; y en tres años adquiero en París la fama y la categoría de que gozo en Normandía. En París cansaré cada día a los tres mismos caballos que [añadiré] a los dos de aquí; yéndome a la cama sin poder visitar a… de enfermos que acuden a mi puerta. En París, con el mismo trabajo que me doy aquí, ganaré diez veces más. Tengo que ser un verdadero, imbécil, un hombre sin arrestos, para dejar… mi fama en manos de las mujeres de Normandía. Yo sé como cualquier otro que en París no se gana una fama cuando se llega después de los treinta años. Pero la caza me ata a Normandía; mal constituido de pecho como yo soy, lo que necesito para vivir no es dinero, sino ejercicio violento.

En estos momentos de exaltación y de elocuencia, así hablaba Sansfin de su joroba, pero se habría muerto de pena sí alguien hubiera hablado así de ella delante de él.


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