Lamiel
Lamiel Había en Carville un muchachuelo de dieciocho años al que, por su fisonomía doblemente normanda —tanto se cuidaba de sus intereses—, habían elegido peatón del pueblo. Iba todas las noches, a las nueve, a buscar las cartas dirigidas al pueblo, a la población vecina, que distaba una legua, donde las dejaba el correo de París. Antes de medianoche, ya estaban todas distribuidas, sin que hubiera nunca un error; pero con los medios sous que le pagaban, engañando a los campesinos normandos, había llegado a vestirse como un señor. Le recibían muy bien las señoritas de la comarca. De todas partes le llamaban por su discreción a toda prueba. Durante mucho tiempo, jamás se supo que esta o la otra señorita recibiera cartas por correo; era un medio muy cómodo de sostener una correspondencia entre dos jóvenes de Carville. El peatón echaba las cartas en el correo de la población vecina y las traía a Carville al día siguiente. Pero una vez, se pudo sospechar que el peatón había faltado a su discreción, virtud tan necesaria para él; resultó que el doctor Sansfin y él cortejaban a la bija del panadero, una de las muchachas más bonitas y más ricas del país. Corrió el rumor de que el doctor, montado en su bonito caballo ciego (sic) se encontró con el peatón y le pegó unos latigazos. Pronto se supo que la linda panadera, a pesar de las cuatro mil libras de renta que la opinión pública atribuía a su padre, se había decidido a favor del médico jorobado, el cual, verdad es, se había hecho preceder por el regalo de seis napoleones de oro.
