Lamiel

Lamiel

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Este peatón, muy bien vestido y famoso por su gran discreción y por su pasión, mayor aun, por el dinero, fue el elegido por Lamiel cuando su curiosidad quiso hacerse una idea clara de lo que la joven del país llamaba el amor.

Lamiel contó a Sansfin la gran violencia, casi rayana en tono de insulto, que presidió las negociaciones por ella sostenidas con el peatón sobre este asunto. Le había dado un hermoso napoleón de oro con la condición de que jamás pronunciaría su nombre, de que, bajo ningún pretexto, le dirigiría la palabra. En compensación, si ella quedaba verdaderamente contenta de la perfecta indiferencia de su mirada, el primero de enero de cada año dejaría caer a sus pies la cantidad de cinco francos.

¿Cómo pintar la rabia de Sansfin mientras Lamiel le daba todos estos detalles con una frialdad perfecta y como tratando de hacerse alabar por las precauciones que su prudencia había inventado? ¡Cómo se podía ser una criatura tan ligera, tan ajena a toda idea de amor y aun de sensualidad para poder alabarse sin vergüenza ante él de tales detalles!




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