Lamiel
Lamiel En este momento, a Fabián se le ocurrió la desafortunada idea de dirigir al médico una broma de bastante mal gusto, con el secreto fin de hacerle comprender la aventura tan extraordinaria que acababa de cambiar su posición con la bella Lamiel. Esta broma la comprendió Sansfin demasiado bien, y fue como si le hubiesen dado una puñalada en el corazón; sacó un puñal que llevaba en el bolsillo del costado del frac, para el caso, no ocurrido hasta entonces, de que fuera víctima de alguna broma ofensiva sobre su imperfección física. Desgraciadamente, le vino al médico, rápida como el rayo, la idea de que su caballo, convenientemente espoleado, podía hacer cuatro leguas por hora y ponerle rápidamente al abrigo de la persecución del brigada de los gendarmes de guarnición en Carville. Y apenas dicha la inoportuna broma de Fabián, Sansfin le respondió con una puñalada en mitad de aquella camisa tan bien planchada y tan coquetonamente dispuesta. Pero al joven Fabián le dio tiempo de tener miedo al ver brillar la hoja del puñal, e hizo un ligero quiebro que le salvó la vida. La doncellita había planchado la camisa con tanto almidón, que amortiguó el golpe del puñal y éste penetró sólo resbalando de derecha a izquierda bajo la piel de las costillas, lo que no impidió que el joven tapicero se creyera muerto. Quiso entrar gritando en el salón donde estaba la duquesa.