Lamiel

Lamiel

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—No es nada, una broma, mañana ya no aparecerá.

Pero Sansfin, al pronunciar estas palabras con bastante presencia de ánimo, sujetaba al joven tapicero por su hermosa corbata, chafándosela despiadadamente, desgracia de la que no dejó de darse cuenta Fabián.

«¿Con qué pinta me voy a presentar delante de esas hermosas damas que no me han visto nunca? —se dijo—, parecería un obrero cualquiera».

Esta idea le puso furioso, levantó la voz:

—Me ha incapacitado usted, para el trabajo por cuarenta y ocho horas, y mi padre, que tiene buenas aldabas en París, se lo hará pagar caro. Además, la señora duquesa, a la que le voy a enseñar lo que me ha hecho, no tolerará que se asesine así a su gente.

Sansfin, mientras el otro le dirigía estas palabras, pensaba que si aquel atractivo mancebo, con su camisa ensangrentada, se presentaba ante las damas reunidas en el salón contiguo, él, Sansfin, estaba perdido en el país.

«Será preferible que acabe del todo con este amante de Lamiel; si tengo la suerte de que no me vea ningún criado, esconderé el cadáver en el guardarropa cercano, me llevaré la llave y esta noche, con la ayuda de la propia Lamiel, haré desaparecer el cadáver del guapo parisiense. Un hombre como yo es capaz de salir de situaciones mucho peores».


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