Lamiel
Lamiel Al médico normando se le ocurrió una idea muy digna de NormandÃa: «suponiendo que todo saliera perfectamente, este arrebato me puede costar cien luises; vamos a ver si los rehúsa este animalito que me va a estorbar más muerto que vivo».
—Si quieres salir conmigo del castillo y no decir nada a nadie, te pasaré una pensión de trescientos francos al año. Te estás muriendo de hambre con el avaro de tu padre, que no tiene sesenta años, de modo que puede hacerte esperar quince o veinte más la herencia de su tienda, mientras que con esa pensión de trescientos francos que te voy a asegurar inmediatamente en una escritura ante notario y ante cuatro testigos, tendrás asegurado un bienestar.
Fabián, indignado por el estado en que iba a quedar su corbata, hizo un gran esfuerzo por zafarse, pero Sansfin la retorció hasta casi estrangularle.
—Te voy a clavar el puñal en el ojo y te quedarás tuerto para siempre; más aún, muerto. Acepta la pensión de trescientos francos. Y retorció más la corbata.
Fabián, ya casi ahogado, apenas pronunció:
—Acepto la pensión.
Sansfin le tapó la boca con la mano y le llevó rápidamente por una escalera desviada que, en tres minutos, les condujo, por el corredor de la leñera, fuera del castillo.