Lamiel

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El abate Du Saillard regañó duramente al pobre curita Lamairette, y acabó por amenazarle con la desagradable ira de la señora marquesa.

—Me quitará el pan, señor cura —dijo tímidamente el pobre Lamairette—; pero realmente, entre sus reprimendas y las de la señora marquesa, no sé a qué santo encomendarme. ¿Tengo yo la culpa de que el condesito, al que su ayuda de cámara repite cada día que será duque, sea un niño despejado que pone toda su vanidad en burlarse de mí?

Esta respuesta me agradó, y fui a contársela a la marquesa, que se rió.

—Casi preferiría retirarme a casa de mi padre, portero del hotel de Miossens en París, y limitar mí ambición a heredar su puesto.

—Eso es bastante atrevido y jacobino —exclamó Du Saillard—; ¿y quién le dice que le van a conceder esa herencia si yo informo contra usted?

—El anciano duque y el señor marqués me honran con su protección.

—El anciano duque no debe pensar más que en bien morir, y el marqués no resistirá ni quince días a la voluntad de su mujer, y en un mes yo puedo poner furiosa contra usted la que ahora le protege.


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