Lamiel
Lamiel La ira del cura llegó al colmo al tropezar a seis pasos de él la mirada atónita, más que irónica, de un pequeño colegial de ocho años, el niño Fedor, hijo único del señor marqués de Miossens. Este granujilla, se decía el cura, se ha criado en París, y jamás veremos salir nada bueno de esa capital de la ironía. ¿Qué hace aquí ese niño? El sitio de honor que concedemos a su familia está al lado mismo del altar; es capaz de haber notado la mecha de pólvora que ha encendido los petardos y, si dice una palabra, esos estúpidos campesinos, que adoran a esa familia, repetirán esa palabra como un oráculo.
Todas estas reflexiones acabaron por embrollar de tal modo la elocuencia del cura, que se dio cuenta de que las mujeres se marchaban del cementerio, y tuvo que cortar en seco su homilía para no quedarse solo.
Una hora después vi al terrible cura echando una reprimenda horrible a un curita llamado Lamairette, preceptor de Fedor, y preguntándole acremente por qué en la iglesia se había separado de su discípulo.
—Fue más bien él, señor cura, el que se separó de mí —contestó tímidamente el pobre abate—; yo le estaba buscando por todas partes, y él, que al parecer me veía, hacía todo lo posible por jugarme las vueltas.