Lamiel

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El pobre Pernin, con cara de tísico, apoyado contra un árbol, miraba al cura de una manera molesta para éste. Era aquél un pobre mozo pálido, que había sido despedido de un colegio real, donde era profesor de matemáticas, porque el limosnero del colegio había dicho que un geómetra no podía creer en Dios. Retirado en el pueblo con una madre muy pobre, recibía en su casa a unos cuantos niños a los que enseñaba las cuatro reglas, y cuando encontraba disposiciones en aquellos chicuelos, les enseñaba gratuitamente la geometría.

El irritable cura se estremeció al encontrar la mirada mucho más firme del doctor Sansfin. Poniendo en juego una razonable oposición, Sansfin obligaba al cura a complacencias infinitas. El cura le encontraba excesivamente independiente y, a mi juicio, buscaba la ocasión de complicarle en alguna conspiración de las que tantas había entonces. El cura le creía capaz de todo por hacer olvidar su joroba a las muchachas a quienes tenía la impertinencia de cortejar. Un hombre así, decía el cura, es muy capaz de pronunciar la impía palabra petardos, y, en un momento como éste, esta palabra lo echaría todo a perder. Dentro de un mes nos burlaremos de ella.



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