Lamiel

Lamiel

🎯 ¿Cansado de los anuncios?
Elimínalos ahora 🚀

Monsieur Du Saillard, pasando revista a su pueblo desde la tribuna del órgano, al ver que todo iba bien y que la palabra petardos no asomó a ninguna boca, salió al cementerio. Yo creo que estaba un poco celoso del éxito obtenido por el abate Le Cloud; este misionero no tenía, como el cura, el arte de castigar o recompensar oportunamente y de gobernar todas las voluntades, pero en cambio poseía una facilidad de palabra a la que éste no se aproximó nunca. El cura no se confesó su inferioridad. Al ver tanta gente reunida en el cementerio, no pudo resistir a la tentación de subir al pedestal de la cruz y hablar, también él, a sus ovejas. Lo que me impresionó de su sermón es que vaciló en llamar milagro a lo que acababa de ocurrir. A estas cosas, decía, no se les puede llamar francamente milagro hasta pasados seis meses después de ocurrir. Sin dejar de hablar, prestaba oído por ver si oía pronunciar la palabra petardos y carnavaladas, indignos del santo lugar. Así dividida su atención, eso no contribuyó a avivar el fuego de la inspiración que naturalmente faltaba a su palabra. El cura se irritó y se puso a señalar a los impíos; entonces, el ardor de la ira dio calor al sermón. Sus inflamados ojos se detenían especialmente en tres personas que se encontraban en el cementerio, en medio de las mujeres.



👉 Descargar el audiolibro GRATIS en Amazon
Reportar problema / Sugerencias

eXTReMe Tracker