Lamiel

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—¿Por qué no me avisaron de la cosa? —repetía continuamente al abate Du Saillard—. ¿Es que se quiere hacer algo sin contar conmigo en mi pueblo? ¿Es que el clero quiere recomenzar sus insensatas luchas contra la nobleza?

Había mucha distancia de esto a volver a mandar a París al pobre Fedor, tan pálido y tan feliz corriendo por los prados y mirando el mar. Pero Du Saillard se salió con la suya. El niño se fue muy triste y el señor abate Le Cloud le dijo:

—Du Saillard no sabe hablar, pero sabe administrar a los de abajo y seducir a los poderosos; tan importante es un talento como el otro.

Mientras en el castillo estaban preocupados por la partida de Fedor madame Hautemare, la mujer del mayordomo, tenía grandes discusiones con su marido, y estas discusiones, fielmente referidas a la marquesa[14], la distrajeron y le hicieron olvidar la marcha de su hijo. Al abate Le Cloud y a mí, que seguíamos en el castillo, nos divertían estos detalles. En los intervalos de estas discusiones, él insistía, por amistad, en el empeño de enrolarme en su compañía y me hacía leer muchos pasajes de Bourdaloue y de Massillon.


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