Lamiel

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—No, no, eso no es verdad —exclamó el bueno de Hautemare—; ¡matar a un aliado de nuestro rey Luis el Deseado! Mí sobrino es un atolondrado, blasfema algunas veces, lo reconozco, pero yo no quiero creer que haya matado a un prusiano.

Madame Hautemare dejó a su marido hablar una hora sobre este tema sin hacerle la caridad de una idea; la conversación languideció; por fin la mujer añadió:

—Yo debería adoptar a una niña pequeñita, y la educaríamos en el temor de Dios; será verdaderamente un alma que nosotros daremos al Señor, y cuando seamos viejos nos cuidará.

Al marido le impresionó profundamente esta idea; se trataba de desheredar a su sobrino, Guillermo Hautemare, que llevaba su propio nombre. Se resistió mucho y por fin añadió tímidamente:

—Si por lo menos adoptáramos a Yvonne —era la hija menor del sobrino—, el padre tendrá miedo y no faltará más a misa.

—Esa niña no será nuestra. Al cabo de un año, si ven que la queremos, el jacobino nos amenazará con quitárnosla, y entonces se cambiarán los papeles: será tu sobrino el jacobino, el voluntario de 1815, el que se hará el amo; tendremos que dar dinero para que no nos quiten a la pequeña.


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