Lamiel

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Esta denuncia unida a la verdad hizo la suerte del mayordomo y de su escuela; la marquesa dispuso que se celebrara una distribución de premios en la sala del castillo, decorada con muchos tapices, y se prepararon asientos de primera y de segunda clase. El administrador de la marquesa invitó a ocupar los primeros asientos a las labradoras propietarias madres de colegiales, mientras que las campesinas arrendatarias no fueron invitadas sino a los segundos. No hizo falta más para que subiera a sesenta el número de alumnos del mayordomo, que hasta entonces no habían pasado de ocho o diez. La fortuna de los Hautemare aumentó, en consecuencia, y madame Hautemare no era completamente ridícula cuando, después de la cena, la noche de los petardos, dijo a su marido:

—¿Te fijaste en lo que dijo el señor cura Le Cloud al final de su sermón sobre el deber de los ricos? Deben, a la medida de su poder, dar un alma a Dios. Pues a mí estas palabras —añadió madame Hautemare— no me dejan tranquila. Dios no nos ha dado hijos; hacemos economías considerables y, ¿a quién irán a parar cuando nosotros faltemos? ¿Será empleado nuestro dinero de una manera edificante? ¿De quién será la culpa si este dinero cae en manos de personas malas, es decir, en las de tu sobrino, un impío que en 1815 formó parte de ese regimiento de bandoleros llamado cuerpos francos, reclutados contra los prusianos? Hasta dicen, y yo no quiero ni creerlo, que mató a un prusiano.


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