Lamiel

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Como los Hautemare se convierten ahora en personas ricas, merecen que hablemos de su carácter un poco más detalladamente. El mejor y más prolijamente devoto de los hombres, Hautemare, consagraba toda su atención a los menesteres de la iglesia que tenía a su cargo. Si un jarrón de madera pintada y con flores artificiales no estaba bien simétricamente colocado en el altar, creía que la misa no valía nada, y se iba corriendo a confesarse con el cura Du Saillard de este gran pecado, y al lunes siguiente, la narración del accidente era el tema de toda su conversación con la marquesa de Miossens. Esta dama, disgustada de París, donde ya no era una mujer bonita, había como quien dice fijado su definitiva residencia en Carville, donde no tenía casi más compañía que sus doncellas y el cura Du Saillard; pero como éste se aburría con ella y temía decir cosas imprudentes, no estaba en el castillo más que breves momentos. Mas el domingo, en misa mayor, incensaba de vez en cuando a madame de Miossens, y todos los lunes Hautemare tenía el honor de llevar al castillo el enorme trozo de pan bendito que había sido presentado la víspera en el banco del señor ocupado por la marquesa, que daba mucha importancia a aquel trozo de pan, resto brillante, pero casi único, de los homenajes que los Miossens venían recibiendo desde hacía más de cuatro siglos en la iglesia de su pueblo.


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