Lamiel

Lamiel

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La marquesa recibía al mayordomo de manera especial cuando se dirigía a ella con aquel trozo de pan bendito; el ayuda de cámara tomaba su espada y abría las dos hojas de la puerta del salón, pues entonces el mayordomo era el enviado oficial del cura y cumplía sus deberes con la persona que ejercía derechos señoriales. Antes de salir del castillo, Hautemare bajaba a la cocina, donde le servían una especie de almuerzo-comida preparado para él. El buen maestro de escuela bajaba luego al pueblo, contando circunstanciadamente a todos los vecinos que encontraba, y luego a su mujer y a su sobrina Lamiel, los platos que le habían servido, y a continuación todo lo que la señora se había dignado decirle. Por la noche, con la cabeza sobre la almohada, aquellas buenas gentes deliberaban sobre la mejor manera de distribuir las limosnas que le había encomendado la gran dama. Por esta confianza de la marquesa, unida al crédito que veinte años de atenciones y de obediencia pasiva le habían dado cerca del cura Du Saillard, personaje terrible en sus iras, el bueno del maestro de escuela, Hautemare, llegó a ser un personaje muy importante, acaso el más importante del pueblo de Carville, Hasta se podía decir que su reputación se extendía a todo el partido de Avranches, donde hacía muchos favores. Madame Hautemare, por su parte, orgullosa con los campesinos y manejando a su marido, era entonces más mezquinamente devota, si ello es posible, que su marido; no hablaba a Lamiel más que de deberes y de pecados.


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