Lamiel

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Yo me aburría tanto en Carville cuando no mataba las liebres de la marquesa, que por las noches prestaba toda mí atención a los largos detalles que acabo de contar a mi vez un poco por extenso.

Si el lector lo permite, le diré la razón de mi verbosidad; en 1818 hablaba yo de estas cosas con aquel simpático abate Le Cloud, retenido por una enfermedad de pecho adquirida a fuerza de gritar con fe en las iglesias húmedas y llenas de rústicos, y escribo ésta en 1840, o sea, pasados veintidós años.

En 1818, yo tenía la suerte de tener uno de esos tíos de América tan frecuentes en los vaudevilles. Este tío mío, llamado Des Perriers, pasaba por un perdido en la familia; yo le había escrito dos o tres veces enviándole de París ropa o libros.

En diciembre de 1818, en la época en que el abate Le Cloud y yo nos reíamos de la gravedad del bueno de Hautemare y del terror que le inspiraba el cura Du Saillard, a mi tío el de América se le ocurrió morirse y dejarme una pequeña fortuna en La Habana y un pleito muy grande.

—Ahí tiene una profesión —me dijo aquel simpático abate Le Cloud—, va a ser litigante y plantador.

Y me proporcionó una carta de recomendación de un cura para el obispo de La Habana.


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