Lamiel
Lamiel Unas treinta mujeres estaban lavando en este lavadero el último dÃa del mes de septiembre. Varias de estas campesinas acomodadas de la rica NormandÃa no trabajaban apenas, y estaban allà con el pretexto de vigilar a sus sirvientas, que eran las que lavaban, pero en realidad para tomar parte en la conversación, muy animada aquel dÃa. Varias de las lavanderas eran altas, bien formadas, como la Diana de las TullerÃas, y sus rostros, de un bonito óvalo, se habrÃan podido calificar de bastante bellos sà no las deshonrara el infame gorro de algodón cuya mecha, debido a la postura inclinada de las lavanderas, pendÃa demasiado sobre la frente.
—¡Anda, ahà tenéis a nuestro simpático doctor montando el famoso Mouton! —exclamó una de las lavanderas.
—Y el pobre Mouton lleva doble carga: el doctor y su joroba, que no es chica —añadió la lavandera vecina.
Todas levantaron la cabeza y dejaron de trabajar. El objeto, bastante singular, que atraÃa sus miradas, no era otro que nuestro amigo Sansfin con una escopeta apoyada en la joroba.
En realidad, era difÃcil que unas muchachas le vieran pasar sin reÃrse.
El jorobado estaba furibundo, y ello aumentaba las risas.