Lamiel

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Bajaba por el estrecho sendero que sigue el curso del Décise; este riachuelo formaba una cascada, y el sendero, sostenido por tantos guardacantones clavados en la tierra, describía varios zigzags. Por estos zigzags bajaba el desdichado doctor bajo el fuego de las treinta voces chillonas.

—¡Cuidado con la joroba, doctor! ¡A lo mejor se le cae rodando hasta aquí abajo y nos aplasta a nosotras, las pobres lavanderas!

—¡Canalla, infame canalla! —exclamaba el doctor entre dientes—. ¡Infame canalla de pueblo! ¡Y decir que no les cobro nunca un céntimo a todos estos bribones cuando la providencia me venga enviándoles alguna buena enfermedad!

—¡Callaos, zorras! —gritaba el doctor, bajando el zigzag más despacio de lo que hubiera querido. ¡Cómo aumentaría el regocijo de las jóvenes lavanderas si el caballo Mouton resbalara!

—¡Callaos, zorras, y lavad la ropa!

—¡Cuidado, doctor, no se vaya a caer! Si Mouton le tira al suelo, no nos andaremos con chiquitas; le robaremos la joroba.

—¿Y yo qué podría robaros? ¡No sería por cierto la virtud! Hace ya tiempo que anda corriendo por los prados. Vosotros sí que tenéis jorobas a menudo, y no en la espalda.


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