Lamiel

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Sobrevino una mujer que atrajo la atención de las lavanderas.

Esta mujer iba muy tiesa y llevaba de la mano a una niña de doce a catorce años, cuya vivacidad parecía muy contrariada de ir así sujeta.

Era nada menos que madame Hautemare, esposa del mayordomo, chantre, maestro de escuela de Carville, y la pequeña cuya vivacidad contrariaba era su sobrina, Lamiel.

A las lavanderas les fastidiaban aquellos aires de señora que se daba madame Hautemare: ¡llevar a la pequeña de la mano en lugar de dejarla triscar como todas las niñas del pueblo!

Madame Hautemare venía del castillo por el bonito camino que bordea la pradera de la orilla izquierda del Houblon.

—¡Anda, ahí viene Madame Hautemare! —exclamaron las lavanderas.

Pero sabían que la Hautemare les replicaría despacio, mientras que el doctor jorobado podía alejarse de ellas en un cuarto de minuto; además, el doctor, a causa de su tranquila petulancia, era más divertido.

Su caballo Mouton, que había bajado ya los zigzags del Décise, estaba bebiendo en el riachuelo, un poco más arriba del lavadero.

Dos lavanderas exclamaron dirigiéndose a madame Hautemare:


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