Lamiel
Lamiel —¡Vaya, vaya con la madame! Tenga cuidado de no perder a esa hija de su hermano, a esa sobrina.
—¡Cuidado con la peluca, jorobadito! —gritaba el sector de la derecha del coro—; a lo mejor tu peluquero no sabe arreglarla.
—Y a vosotras… —replicó el doctor; pero su réplica fue tal que no es posible reproducirla.
La devota madame Hautemare, que habÃa seguido por el camino que, bajando del castillo de Miossens, pasaba junto al lavadero, apretó el paso con su sobrina. Esta resolución, acompañada de un gran gesto de desdén que adoptó la mujer del mayordomo, hizo estallar en torno al lavadero una carcajada unánime, universal.
—Callaos, señoras sinvergüenzas, o meto el caballo en el charco que os rodea, y vuestros gorros blancos y vuestras caras quedarán igual de limpios que vuestras conciencias, o sea llenos de un fango negro y fétido como vuestras cochinas personas.