Lamiel

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Y al decir estas nobles palabras, el doctor estaba picado en lo vivo y rojo como un gallo. A este hombre, que se pasaba la vida pensando en cómo le convenía conducirse, la vanidad le llevaba a extrañas locuras; se daba perfecta cuenta de sus tonterías, pero rara vez tenía el dominio suficiente para no caer en ellas. Por ejemplo, en este momento, no tenía más que callarme y todo el charloteo insolente de las lavanderas se hubiera evaporado a expensas de madame Hautemare; pero quería vengarse.

—¡Bueno! —replicó una lavandera—; seremos unas muchachas poco formales y cubiertas de fango por un grosero; eso se arregla con un poco de agua. Pero ¿con qué agua podrá frotarse un jorobado tan asqueroso que nunca ha podido acostarse con una mujer sin pagarla?

No bien pronunciadas estas palabras, el doctor, furibundo, lanzó su caballo al galope y, pasando por el charco inmediato al lavadero, salpicó de fango todas las rojas mejillas, todos los gorros blancos y, lo que era mucho peor, toda la ropa ya lavada que estaba sobre unos bancos de piedra.

Al ver esto, las treinta lavanderas, todas a la vez, se pusieron a vomitar injurias y el vigoroso coro duró lo menos un minuto.

El doctor estaba radiante de haber llenado de fango a las insolentes. «Y no podrán quejarse», añadía con una sonrisa mefistofélica.


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