Lamiel

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Las mujeres creyeron que el doctor se había roto por lo menos un brazo y se asustaron; los normandos calculan en un instante las probabilidades de un juicio. Habría daños y perjuicios; cada una huyó por su lado para no ser reconocida y citada en la demanda del doctor.

Levantóse éste, rápido como el rayo, y volvió a montar en su caballo. Al verle de nuevo montado y con tanta presteza, las lavanderas, paradas a veinte pasos, rompieron a reír con una naturalidad y un regocijo que exacerbaron la rabia del infortunado médico. Avergonzado, empuñó su escopeta con propósitos trágicos. Pero, en la caída, la escopeta se había descargado, los gatillos estaban llenos de fango y además se habían perdido las piedras. Mas las mujeres no lo sabían y viendo al doctor echarse la escopeta a la cara echaron a correr de nuevo lanzando agudos gritos.

El doctor, al ver su escopeta incapaz de vengarle, metió espuela a su caballo con tanta furia que en unos segundos llegó al patio de la casa. Jurando como un poseso, pidió, sin apearse, un traje y una escopeta, y luego lanzó su caballo al galope por la carretera general de Avranches, que pasaba por el puente de Houblon de que hemos hablado. Las mujeres, después de lavarse rápidamente las caras y los bonetes blancos, se habían puesto a lavar la ropa para quitarle las manchas de fango.


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