Lamiel
Lamiel —Yvonne no estaba todavÃa en Carville —prosiguió Pierrette—; estaba sirviendo en Grandville. El gordo Brunel, el de Dréville, el de la MarÃa Barbot, le cantó al doctor, al pasar, unas bromas sobre su joroba; el doctor, que montaba el Coco, su caballo de entonces, no se anduvo con chiquitas: descolgó la escopeta que llevaba en bandolera y le soltó dos tiros a Brunel. Uno de los cañones estaba cargado con bala e hirió a Brunel en el brazo izquierdo y a un lado del pecho. El doctor juró que habÃa olvidado que uno de los cañones estaba cargado con bala, pero a pesar de esto le obligaron a pagar diez luises.
Durante un cuarto de hora largo, la conversación de las lavanderas buscó, sin encontrarlo, un medio de vengarse del doctor; estaban irritadas de no poder inventar nada, cuando volvió a pasar madame Hautemare llevando de la mano a su sobrina Lamiel. Al verlas, todos los gritos cambiaron de dirección.
—¡MÃrala otra vez aquà a esa presumida, con su linda sobrina! —exclamó Pierrette.
—¿A quién le dices sobrina?… ¡Dirás mejor la hija del diablo!
—¿Cómo hija del diablo? ¡Una bastarda que tuvo a espaldas del marido y ha obligado a adoptarla a ese bragazas para hacerle desheredar a su pobre sobrino, Guillermo Hautemare!