Lamiel
Lamiel —¡Vamos, por piedad, vecinas, no digáis esas deshonestidades! Tened al menos un poco de consideración a esta niña que llevo conmigo.
Este ruego, pronunciado en un tono doctoral, fue seguido de una docena de respuestas simultáneas que no puedo repetir.
—Vete corriendo a casa, Lamiel —exclamó madame Hautemare. Y la pequeña se marchó encantada de poder correr. La buena mujer se dio el gusto de dirigir un sermón en tres partes a las lavanderas, las cuales, desesperadas de que no les dejara hueco para volver a tomar la palabra, se pusieron a gritar todas a una para tratar de poner en fuga a madame Hautemare. Pero esta mujer intrépida se habÃa propuesto convertirlas, y continuó predicando más de cinco minutos, con el acompañamiento de treinta mujeres gritando a todo gritar.
Gracias a estos dos magnÃficos ataques a unos transeúntes recalcitrantes, las lavanderas hallaron el secreto de no aburrirse en todo aquel dÃa. Madame Hautemare, por su parte, tuvo un largo relato que hacer a su marido el mayordomo y a todas sus amigas de Carville. El que menos se divirtió fue el doctor, que, en lugar de volverse a casa después de llenar de fango a las lavanderas, bajó al galope hacia el puente del Houblon, sin reparar en que su escopeta en bandolera botaba sobre la joroba de la manera más ridÃcula.