Lamiel

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—¡Santo Dios! —se decía—, ¡bien tonto tengo que ser para ir a enredarme con esas sinvergüenzas! Hay días en que debiera mandar a mí criado que me atara a la pata de la cama.

El doctor buscó en su memoria si, para disipar su malísimo humor, no habría en el trayecto de la carretera general que seguía al galope algún enfermo lo bastante bueno para creer que el doctor había recorrido dos leguas con el fin de hacerle una visita nocturna.

De pronto, encontró algo mucho mejor que un enfermo. Monsieur Du Saillard, el cura de Carville, había ido a comer aquel día al castillo de Saint-Prix, a tres leguas de su pueblo. Este cura era terrible en sus odios y uno de los bonetes gordos de la Congregación; pero, en compensación —y esto es lo que salva la civilización en Francia: hay compensaciones en todo—, en compensación, repito, al terrible Du Saillard, muy intrépido en Carville, no le gustaba encontrarse solo en la carretera en su pequeño cabriolet.





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