Lamiel
Lamiel No es, pues, de extrañar que sintiera una gran alegría al vez llegar a Sansfin a casa de los Saint-Prix. Estos dos hombres hubieran podido hacerse mucho daño, y vivían políticamente unidos. Du Saillard hablaba mal y era un hombre frío y que hubiera gobernado una prefectura como jugando. Consideraba a Sansfin como a un loco; todos los días le veía metido en alguna gran estupidez por un arrebato de su vanidad. Pero Sansfin, cuando olvidaba su joroba, sabía entretener en un salón y conquistar a una dueña de un castillo. En los alrededores de Avranches hay muchos castillos, y en ellos se aburre la gente a pesar del gobierno. Du Saillard temía especialmente cerca de la duquesa de Miossens las anécdotas malévolas que tan bien sabía contar el doctor. El cura reinaba en el castillo señorial que dominaba el promontorio a cuyo pie hemos visto el humilde lavadero de los aldeanos de Carville.
El cura y su amigo político el doctor se dirigieron muchos cumplidos, y la condesa de Saint-Prix se escandalizó de que gentes de esta clase eligieran su salón para hablarse.