Lamiel
Lamiel El doctor, a caballo, escoltó al cura, pero, en cuanto llegó a su casa, volvió a sentir el mismo reconcomio y a recordar la escena del lavadero. Un instante después le llegó un consuelo. Vinieron a buscarle para un buen mozo de cinco pies y seis pulgadas que, a los veinticinco años apenas, acababa de sufrir un buen ataque de apoplejía. El doctor pasó la noche a su lado, y, sin dejar de aplicarle el tratamiento adecuado, tuvo el gusto de ver a aquel hombre tan apuesto morir al apuntar el alba.
«He aquí un hermoso cuerpo vacante, pensó; ¿por qué no podrá entrar mi alma en él?».
El doctor, hijo único de un labrador enriquecido con los bienes nacionales, se había hecho médico para saber cuidarse; se había hecho cazador hábil para mostrarse siempre armado ante los burlones. La recompensa de una actividad a menudo penosa para su débil salud era ver morir a hombres hermosos y asustar a las pocas enfermas bonitas que deparaba la comarca, para que deseasen su presencia con pasión.
La sobrinita Lamiel era demasiado despabilada para no comprender, cuando su tía madame Hautemare la envió al pueblo, que algo extraordinario ocurría allí. La devota madame Hautemare no le dejó nunca caminar veinte pasos sola.