Lamiel
Lamiel Como era natural, su primer pensamiento fue oír lo que su tía quería ocultarle; bastaba para esto dar un rodeo y volver a esconderse en el talud cubierto de árboles que dominaba el lavadero público. Pero Lamiel pensó que iba a oír insultos y palabras gruesas, cosa que la horrorizaba.
Se le ocurrió una idea tentadora.
«Corriendo mucho —se dijo—, puedo llegar hasta el campo del baile, a donde sólo he podido ir una vez en mí vida, y estar en casa antes de que vuelva mi tía».
Carville apenas era más que una calle muy ancha con una plaza en medio. Al extremo opuesto del puente sobre el Houblon, o sea hacia la parte de París, se encontraba la iglesia gótica de la localidad; más allá el cementerio, y más lejos aún tres grandes tilos bajo los cuales se bailaba los domingos, con gran contrariedad del cura Du Saillard. Decía que aquello era profanar las cenizas de los muertos, y el pretexto era que los tilos no distaban más de cuarenta pies del cementerio. La choza que el municipio asignaba a monsieur Hautemare como maestro de escuela daba a la calle, casi frente al cementerio, y desde ella se podía ver el paseo de tilos y oír el violín del baile.
Lamiel tomó corriendo un antiguo camino que iba desde el lavadero a la carretera de París, fuera de Carville.