Lamiel
Lamiel Este camino la llevaba a los tilos, cuya espesa copa veÃa por encima de las casas, y esta vista le hacÃa palpitar el corazón. «¡Voy a verlos de cerca —se decÃa—, esos árboles tan hermosos!». Aquellos famosos tilos la hacÃan llorar el domingo, y luego pensaba en ellos toda la semana.
Lamiel pensó que, sà no pasaba por el pueblo, no corrÃa el peligro de que la denunciaran a su tÃa ciertas beatas que vivÃan junto a la casita del maestro de escuela.
Mientras corrÃa por el camino exterior al pueblo, Lamiel tuvo el enojoso encuentro de cuatro o cinco viejas del mismo cargadas con cestos llenos de zuecos.
En otro tiempo, madame Hautemare era tan pobre como aquellas mujeres y se dedicaban a los mismos trabajos para ganarse la vida; la protección del cura Du Saillard cambió por completo su situación. Aquellas mujeres, que iban descalzas y cargando en la cabeza sus zuecos, notaron muy bien que Lamiel iba mucho mejor vestida que de costumbre; seguramente su tÃa Hautemare la habÃa llevado al castillo, a casa de la señora duquesa.
—¡Eh, tú, qué orgullosa estás porque vienes del castillo! —exclamó una.
—No sé cómo me contengo —añadÃa otra—: vamos a quitarte tus preciosos zapatos. ¿Por qué no has de andar descalza como nosotras?