Lamiel
Lamiel Lamiel no se acobardó; trepó al campo de la derecha del camino, varios pies más alto que éste; desde allà devolvió insulto por insulto a sus enemigas.
—Queréis robarme mis zapatos bonitos porque sois cinco; pero si me los robáis, el brigada de los gendarmes, que es amigo de mi tÃo, os meterá en la cárcel.
—¡A ver si te callas, culebrilla, hija del diablo!
En este momento, las cinco mujeres se pusieron a gritar con todas sus fuerzas y todas a la vez: ¡Hija del diablo, hija del diablo!
—Mejor sà soy hija del diablo —replicaba Lamiel—; asà no seré nunca vieja y gruñona como vosotras; mi padre el diablo sabrá conservarme alegre.