Lamiel
Lamiel A fuerza de ahorrar, los tíos de Lamiel habían llegado a reunir un capital que producía mil ochocientas libras de renta. Eran, pues, muy felices, pero Lamiel, su linda sobrina, se moría de aburrimiento. En Normandía, las inteligencias son precoces; aunque la niña tenía apenas doce años, era capaz de aburrirse, y a esta edad, el aburrimiento, cuando no se debe al dolor físico, indica la presencia del alma. Madame Hautemare encontraba pecado en la menor distracción. El domingo, por ejemplo, no sólo no se debía ir a ver el baile bajo los grandes tilos al otro lado del cementerio, sino que ni siquiera estaba bien sentarse a la puerta de la choza que el municipio daba al maestro de escuela, pues desde allí se oía el violín y se podía vislumbrar una esquina de aquel baile maldito que ponía amarilla la tez del señor cura. Lamiel lloraba de fastidio; para calmarla, la buena tía Hautemare le daba confituras, y la pequeña, que era golosa, no podía quererla mal. Por su parte, el maestro de escuela Hautemare, muy escrupuloso en este deber, la obligaba a leer una hora por la mañana y otra por la tarde.
—Si el municipio me paga —decía— por enseñar a leer a todos los niños, sean los que sean, con mayor razón debo enseñar a leer a mi propia sobrina, puesto que, después de Dios, soy yo la causa de que haya venido a este municipio.