Lamiel
Lamiel Un domingo en que no podía escapar y su tía le prohibía mirar por la puerta abierta, por miedo de que vislumbrara a lo lejos alguna cofia saltando a compás, Lamiel encontró en el estante de los libros la Historia de los cuatro hijos de Aimón. El grabado en madera la encantó; luego, para entender mejor, miró, aunque con repulsión, la primera página del libro. Esta página la divirtió; se olvidó de que estaba prohibido ir a ver el baile, y en seguida ya no pudo pensar más que en los cuatro hijos de Aimón… Este libro, confiscado por Hautemare a un escolar libertino, hizo estragos en el alma de la niña. Lamiel estuvo pensando toda la tarde y luego toda la noche en aquellos grandes personajes y en su caballo. Aunque muy inocente, pensaba que sería bien distinto pasear por el cementerio, al lado mismo del baile y cogida del brazo de uno de los cuatro hijos de Aimón, en lugar de ir atada al brazo tembloroso del tío, que no la dejaba saltar. Leyó casi todos los libros del maestro de escuela con un placer enorme, aunque sin entender gran cosa; pero gozaba de las imaginaciones que le sugerían. Devoró, por ejemplo, interesada por los amores de Dido, una antigua traducción en verso de la Eneida, de Virgilio, un viejo volumen encuadernado en pergamino y fechado en 1620. Cualquier relato bastaba para entretenerla. Cuando hubo hojeado y tratado de comprender todos los libros del maestro de escuela que no estaban en latín, llevó los más viejos y los más feos al tendero del pueblo, que le dio en cambio media libra de pasas de Corinto y la historia del Gran Mandrino, y luego la de Monsieur Cartouche.