Lamiel

Lamiel

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Confesaremos, no sin pena, que estas historias no han sido escritas con esa tendencia altamente edificante y virtuosa que nuestro siglo tan moral pone en todas las cosas. Se ve bien que la Academia Francesa y los premios Monthyon no han pasado todavía por esta literatura; por eso no es aburrida. Muy pronto Lamiel no pensó ya más que en Mandrino, en Cartouche y en otros héroes que aquellos libros le enseñaban a conocer. Su fin, que llegaba siempre en alto lugar y en presencia de numerosos espectadores, le parecía noble: ¿no alababa el libro su valor y su energía? Una noche, en la cena, Lamiel cometió la imprudencia de hablar de estos grandes hombres a su tío; él se horrorizó tanto que se santiguó.

—Has de saber, Lamiel —exclamó— que no hay más grandes hombres que los santos.

—¿De dónde has podido sacar esas terribles ideas? —exclamó madame Hautemare.

Y durante toda la cena, el buen hombre y su mujer no hablaron en presencia de su sobrina más que de aquellas extrañas palabras que ésta acababa de decirles. A la oración que se rezó en común después de cenar, el maestro de escuela añadió un Pater pidiendo al cielo que preservara a su sobrina de pensar en Mandrino y en Cartouche, y sobre todo, con sentimientos tan visiblemente pecaminosos.


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