Lamiel

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Capítulo 4

Lamiel era muy despierta, muy inteligente y de imaginación muy viva, y le impresionó mucho aquella especie de ceremonia expiatoria. «Pero ¿por qué mi tío no quiere que los admire?», decíase, desvelada en la cama.

Luego, de pronto, se le ocurrió esta pecaminosa idea: «Pero ¿acaso mi tío hubiera dado diez escudos como el señor Cartouche a aquella pobre viuda Renoart de las inmediaciones de Valence a quien los alcabaleros acababan de quitar su vaca negra, y que no tenía más que trece sous para vivir ella y sus pobres hijos?».

Durante un cuarto de hora, Lamiel lloró de compasión; luego se dijo: «¿Acaso mi tío, en el cadalso, hubiera podido soportar sin pestañear, como el señor Mandrino, los golpes de la maza de hierro del verdugo que Je rompía los brazos? Mi tío gime y no acaba cuando su pie gotoso tropieza con una piedra».

Aquella noche se produjo una revolución en el espíritu de la pequeña; al día siguiente, llevó al tendero la vieja traducción de Virgilio con estampas, rehusó higos y pasas de Corinto y tomó en cambio una de aquellas bellas historias que acababan de prohibirle leer.


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