Lamiel

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Al otro día era viernes, y madame Hautemare cayó en una profunda desesperación porque por la noche, al levantarse de la mesa y ver vacío cierto puchero de barro, se dio cuenta de que había echado en sopa un resto de caldo de carne del jueves.

—Bueno, ¿y qué más da? —dijo Lamiel atolondradamente—. La sopa estaba así más buena, y a lo mejor ese resto de caldo se hubiera estropeado de aquí al domingo.

Fácil es imaginar la regañina que el tío y la tía echaron a la sobrina por estas atroces palabras; la mayordoma estaba de mal humor, y no sabiendo con quién tomarla, se enfureció con su sobrinita. La pequeña tenía ya demasiado juicio para enfadarse con una tía tan buena que le daba golosinas.

Por otra parte, la veía realmente desesperada por haber tomado y hecho tomar aquel resto de caldo. Lamiel hizo profundas reflexiones sobre aquella cena del viernes. Todavía estaba pensando en ello pasado un mes, cuando oyó a la Merlin, tabernera de la vecindad, que decía a una parroquiana:

—Esos Hautemare son buenos como el pan, pero son tontos.

Ahora bien, Lamiel sentía una tierna estimación por la Merlin; oía reír y cantar todo el día en su taberna, y a menudo hasta los viernes.


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