Lamiel
Lamiel La duquesa quedó entusiasmada de aquel médico tan encantador, caballero de todas las Ordenes de Europa y que no tenía cuarenta años, y el doctor se volvió a París muy bien pagado. Pero la duquesa estaba en un gran apuro: ¿dónde encontrar una lectora en el campo? Esta clase de doncellas era muy difícil de encontrar, hasta en Normandía. En vano madame Anselme difundió por el pueblo el deseo de la señora duquesa; el bueno de Hautemare, el único ser de todo el pueblo que merecía el título de buen hombre, pensó primero en esta plaza de lectora para su sobrina Lamiel. «Pero —se dijo— nadie más en el pueblo puede desempeñar este empleo, y la duquesa es tan inteligente, que es imposible que no piense, en Lamiel». Había una objeción más importante: ¿era digna una chiquilla sacada del hospicio de servir de lectora a una dama de tan alta nobleza?
Hautemare y su mujer llevaban quince días sumidos en el tormento que da un gran proyecto en vías de realización, cuando, una noche en que anunciaban de París las noticias más decisivas sobre lo que pasaba en la Vendée, el peatón llevó al castillo el número de La Quotidienne recién llegado de París.
Por más que madame Anselme se caló un doble par de anteojos, leía con una lentitud y de una manera tan torpe, que desesperaba e impacientaba a la duquesa.