Lamiel
Lamiel La tal madame Anselme era demasiado inteligente para leer bien. Veía en aquello un trabajo más que hubiera caído sobre ella sin que por eso le aumentaran la soldada en un céntimo. Este razonamiento parecía exacto, y, sin embargo, aquella mujer tan lista, madame Anselme, se equivocó. ¡Cuántas veces, más adelante, maldijo aquella inspiración de la pereza!
La duquesa exclamó de pronto durante aquella abominable lectura:
—¡Lamiel! Que enganchen los caballos y que vayan a buscar al pueblo a Lamiel, la chica de Hautemare; que la acompañen sus tíos.
A las dos horas apareció Lamiel con su ropa de los domingos. Al principio leyó mal, pero con una gracia encantadora que hizo olvidar a la duquesa hasta el interés de las noticias de la Vendée. Sus bonitos ojos tan inteligentes se inflamaban de celo leyendo las frases de entusiasmo de La Quotidienne. «Es bienpensante» se dijo la duquesa, y cuando, a eso de las once, Lamiel y su tío se despidieron de la gran dama, ésta quedó con el capricho completamente decidido de tomar a Lamiel a su servicio.
Pero madame Hautemare no admitía la idea de que por la noche, a las nueve o las diez, Lamiel, una chica de quince años muy desarrollada, muy despabilada, pudiera ir desde el castillo a la choza del maestro de escuela.