Lamiel
Lamiel Pensamiento éste que la traspasó de indignación, de dolor y de temor. A la mañana siguiente, después de una noche pasada casi en vela, la duquesa mandó llamar al bueno de Hautemare para echarle una rociada, pero su sorpresa fue enorme cuando el maestro de escuela, muy consternado y dándole vueltas al sombrero entre las manos —tan apurado estaba por el horrible mensaje de que había sido encargado—, le comunicó que, después de pensarlo mucho, resultaba que Lamiel estaba demasiado delicada del pecho para poder aceptar el honor que la señora duquesa había querido hacerle.
La respuesta a esta impertinente declaración fue tomada de Bayaceto; consistía en esta única palabra:
—¡Márchese!