Lamiel
Lamiel Du Saillard encontró el asunto tan mal llevado, que lo juzgó irremediable. Antes de hablar de Lamiel, hubiera sido necesario comenzar por descubrir algún abuso en la escuela de Hautemare, que era la fuente del bienestar y de la presunción de éste. Si le hubieran amenazado con cerrarle esta escuela, e incluso se la hubieran cerrado llegado el caso, Hautemare habría acudido a solicitar humildemente la admisión de Lamiel en el castillo. El cura, en toda su amargura, hizo ver a la duquesa la inmensa falta cometida al no empezar por consultarle sobre este asunto: luego la dejó sin darle ningún consejo, en la profunda desesperación de su vanidad herida por un plebeyo.
Como la gran perturbación que padecía quitaba a la duquesa el poco sentido que tenía para llevar los asuntos, no supo ni siquiera conducirse con un resto de dignidad, y madame Anselme dirigió a monsieur Hautemare una carta oficial en la que, en nombre de Madame, le decía que mademoiselle Lamiel tendría el honor de ocupar junto a la señora duquesa el puesto de lectora hasta que trajeran de París una persona más instruida. Todo el pueblo se escandalizó de la palabra mademoiselle unida al nombre de Lamiel.