Lamiel

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No ignoraba ésta todas las gestiones que había hecho su tío en las tres últimas semanas, y deseaba con pasión entrar en el castillo. Había entrevisto los magníficos muebles que llenaban los salones; había visto sobre todo una magnífica biblioteca y todos los volúmenes de cantos dorados que la integraban; había olvidado que estos volúmenes estaban en un armario de cristales, y que la duquesa, muy desconfiada, siempre llevaba la llavecita colgada de la cadena de su reloj.

Cuando llegó para quedarse en el gran castillo que, como hemos dicho, tenía lo menos diecisiete ventanales en la fachada y un tejado de pizarra, profundamente serio y parecido a un apagavelas, Lamiel experimentó en el pecho una sensación tan extraordinaria y tan violenta, que tuvo que pararse en los peldaños de la escalinata. Su alma tenía veinte años, y su tía, que la había acompañado hasta la puerta, pero que no quiso entrar por no tener que dar las gracias a la duquesa, le recomendó mucho, como último consejo, que no se riera delante de las criadas y no se prestara a ninguna clase de bromas. «Si no —añadió madame Hautemare—, te despreciarán como a una campesina y te asaetearán con pequeños insultos, tan pequeños que no podrás quejarte de ellos a la duquesa, pero tan crueles que, al cabo de unos meses, te parecerá una felicidad dejar el castillo».


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