Lamiel

Lamiel

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Estas palabras fueron fatales para Lamiel; instantáneamente se esfumó toda su alegría. Las fisonomías de aquellas mujeres que rodeaban a la duquesa la sumieron en un profundo desaliento. A los tres días, Lamiel era tan desgraciada que había perdido el apetito. La habitación donde dormía tenía una alfombra preciosa, pero no era permitido andar de prisa sobre ella; hubiera sido de mal tono y poco respetuoso para la señora. Había que hacerlo todo muy despacio y acompasadamente en aquel magnífico castillo que tenía el honor de ser habitado por una gran dama. La corte de la duquesa estaba compuesta principalmente por ocho mujeres, la más joven de las cuales tenía sus cincuenta años. El ayuda de cámara Poitevin era mucho más viejo aún, así como los tres lacayos, que eran los únicos que tenían el privilegio de entrar en la larga serie de habitaciones del primer piso. Había un magnífico jardín con avenidas de pinos y de arbustos severamente podados tres veces al año. Dos jardineros cuidaban un magnífico arriate de llores que se extendía bajo las ventanas del castillo; pero al segundo día quedó establecido que Lamiel no podía pasearse, ni siquiera por el macizo de flores, si no era en compañía de una de las doncellas de la señora, y estas doncellas encontraban siempre que hacía demasiada humedad, o demasiado frío, o demasiado calor, para pasear. En cuanto al interior del castillo, las tales doncellas que, casi todas, presumían de jóvenes aunque todas pasaban con mucho de los cincuenta, habían descubierto que la demasiada luz era de mal tono; iluminaba las arrugas, etc,, etc. En fin, al mes escaso, Lamiel se moría de aburrimiento, y no le alegraba demasiado la vida el número del fiel La Quotidienne, que todas las noches leía a Madame. ¡Qué diferencia con la vida de Mandrino, para ella el libro más entretenido del mundo! Había olvidado llevarse al castillo estos libros, y cuando iba en coche a pasar unos momentos en casa de sus tíos, no la dejaban sola un instante y no podía refugiarse en su escondite.


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