Lamiel

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A la duquesa no le gustaba nada acostarse temprano. Muchas veces los comentarios sobre La Quotidienne se reanudaban al día siguiente por la mañana, y, por último, ¡cosa increíble!, la duquesa, que todavía repetía a menudo que eran los normandos los que habían perdido a Francia, acabó por declarar que el comentario sobre La Quotidienne no era bastante para la educación de la pequeña; así llamaban a Lamiel en el castillo. La pequeña, para desempeñar bien sus funciones de lectora, debía entender hasta las anécdotas malévolas sobre las mujeres de los banqueros y otras damas liberales a costa de las cuales nutre La Quotidienne sus folletines. La pequeña leyó en voz alta Las veladas del castillo, de madame De Genlis, y luego las novelas más morales de esta célebre comedianta. Más tarde, la duquesa pensó que Lamiel era digna de comprender el Diccionario de la etiqueta, la obra más profunda del siglo. Todo lo que se refiere a la diferencia, y sobre todo a la delimitación de rangos en la sociedad tenía un derecho primordial a la atención de una mujer que toda su vida había estado en vísperas de ser duquesa. Sólo por una fatalidad singular no llegó a esta suprema jerarquía, ídolo de las mujeres del Faubourg Saint-Germain, hasta pasados los cuarenta años, cuando ya le interesaba poco, decía, ocupar un rango en sociedad. La contrariedad de esta larga espera había agriado un carácter naturalmente débil y supersticioso que se quedó sin ningún atractivo al perder la lozanía de la juventud, Hubiera encontrado un consuelo en las atenciones apasionadas de algún hombre joven visitante del castillo; pero una primera desgracia de este género fue tratada con tan severo horror por su director de conciencia, que la duquesa llegó a las puertas de la vejez sin pecar de nuevo, y esta desgracia de todos los instantes acabó de agriar su carácter. Había momentos en que sentía la necesidad de enfadarse. Cuando llegó a Normandía, el orgullo de aquella marquesa que pretendía ser tratada como duquesa pareció tan singular a las demás nobles de los castillos vecinos, que el salón de Miossens no tardó en ser declarado soberanamente aburrido. No iban a él más que a regañadientes, y si todavía respondían a las invitaciones a comer de la duquesa, era sobre todo en la época de las hortalizas y frutas tempranas. La duquesa había conservado de los hábitos de una gran fortuna el de enviar emisarios a París a buscar los primeros guisantes, los primeros espárragos, etc., etc. Veía muy bien lo que los magníficos y numerosos castillos de las cercanías no se tomaban apenas la molestia de disimular: no iban a verla más que por consideración a los emisarios que volvían de París.


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