Lamiel

Lamiel

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—Pues bien, señora —exclamó altanero Sansfin—: ¿conviene llamar a médicos de París cuando se tiene un doctor Sansfin en la comarca? Un cura puede ser inteligente, pero cuando la envidia le nubla la inteligencia reconocerá la señora duquesa que esta inteligencia se parece como dos gotas de agua a la estupidez. Sansfin ve en todo la verdad; pero debo confesar que las ciencias que estudio para procurar perfeccionarme en mi arte me dejan tan poco tiempo que perder, que digo a veces la verdad en términos demasiado claros y demasiado precisos, y ya sé que los salones dorados se estremecen al oír este lenguaje simple de un hombre virtuoso que no necesita hacer la corte a nadie. Por egoísmo, por no separarse de una doncella que la divierte, la señora duquesa no quiso al principio que se trasladara a Lamiel a casa de su familia, y ha expuesto su vida. No me compete a mí decirle cómo juzga la religión, un acto semejante. Si el señor cura Du Saillard se atreviera a cumplir sus deberes con una mujer del rango de la señora duquesa, su severidad sería acaso todavía más ofensiva que la mía. Pero a él le importa poco la pérdida del alma de sus enfermos. La muerte del alma no se ve como la del cuerpo. Su oficio es más cómodo que el mío. En cuanto a los remedios del mentecato de París y a los del doctor de Ruan, han puesto a la pequeña a las puertas de la tumba. Desmiéntame si me equivoco; pero yo tengo tanta humanidad y tanto amor a mi profesión que si una de esas viejas imbéciles de que la señora duquesa ha llenado su castillo hubiera querido permitírmelo, habría penetrado en secreto hasta la interesante enferma y habría sustituido los venenos que le administraba ese charlatán de París por los remedios verdaderos; pero no he podido. Observe, señora, que corría los riesgos de un proceso criminal por salvar a una niña que la divierte. Vea la señora duquesa cómo la estupidez, hasta en el caso más indiferente en apariencia, puede producir la muerte. Durante ocho días me las he arreglado para tener mañana y noche noticias de la pequeña; estaba moribunda y podía a cada instante darle un vómito de sangre durante el cual hubiera muerto en los brazos de la señora duquesa. Si le hubiera sido dado en el momento supremo conocer la verdad, habría podido decirle: Señora duquesa, me está matando; ha sacrificado mi vida a su repugnancia por el lenguaje firme y noble de la verdad. La verdad la ha molestado porque estaba en boca de un pobre médico de pueblo.


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