Lamiel
Lamiel —Pues llame la señora a Sansfin.
Esta palabra rompió el hielo. A los dos días, al volver tristemente de misa en su carroza por la calle principal de Carville, vio de lejos al médico jorobado e instintivamente le llamó. Sansfin había tramado una perversidad y esto le hizo acudir a la carroza con un aire muy amable. Subió al carruaje y, al llegar junto a la enferma, declaró que estaba mucho peor y le dio unos remedios destinados a aumentar todos los accidentes de la enfermedad. Este ardid canallesco tuvo un éxito que le encantó. Enfermó también la duquesa y como ésta, a pesar de una apariencia de egoísmo espantoso, pero que sólo era orgullo, tenía un alma buena en el fondo, se reprochó amargamente no haber querido permitir que llevaran a Lamiel a casa de sus tíos. La llevaron y el médico jorobado se dijo: «El remedio seré yo». Se propuso entretener a la enferma y pintarle la vida color de rosa, para lo cual empleó muchos medios; por ejemplo, se suscribió a la Gacette des Tribuneaux, y se la leía a Lamiel todas las mañanas. Los crímenes la interesaban: era sensible a la firmeza de alma demostrada por ciertos bandidos. En menos de quince días pareció disminuir la extremada palidez de Lamiel.
Un día lo observó la duquesa.