Lamiel
Lamiel El médico de París al que mandaron a buscar por un emisario, después de hacerse esperar cuarenta y ocho horas, se dignó por fin aparecer. Monsieur Duchâteau era una especie de Lovelace de suburbio, todavía joven y muy elegante; hablaba mucho y con ingenio, pero había algo tan horriblemente vulgar en sus maneras y en su lenguaje, que escandalizó hasta a las doncellas de la duquesa. Por otra parte, en medio de su verbosidad inagotable, hasta las doncellas observaron que se dignó consagrar apenas seis minutos a observar la enfermedad de Lamiel. Intentaron explicarle los síntomas, pero declaró que no tenía ninguna necesidad de tal relato y prescribió un tratamiento absolutamente insignificante. Cuando, al cabo de tres días, se volvió a París, la ausencia de este hombre fue un alivio para madame de Miossens. Llamaron al médico de Mortai, que estaba en correspondencia con una doncella, y se dijo enfermo para no hacer el papel del médico a quien llaman por recurso. Luego trajeron un médico de Rúan, monsieur Derville, el cual, muy diferente de su colega de París, tenía un aspecto lúgubre y no decía palabra. No quiso explicarse con la duquesa, pero dijo al cura que a la pequeña no le quedaban seis meses de vida. Estas palabras eran crueles para la duquesa, pues la privaban de la única distracción que tenía en el mundo; su capricho por Lamiel estaba en todo su apogeo. Desesperada, repetía a menudo que daría cíen mil francos por salvar a Lamiel. Su cochero, que la oyó, le dijo con toda la ruda franqueza de un alsaciano: