Lamiel
Lamiel El cura llegó en seguida. Su palabras no podían tener la claridad de las de Sansfin. Siguiendo la costumbre de su profesión, habituado a hablar a tontos y dispuesto a precaverse contra toda crítica, la primera respuesta del cura Du Saillard duró lo menos cinco minutos; este pensamiento tan verboso asustaría al lector, pero a la duquesa le agradó, pues volvía a encontrar el tono a que estaba acostumbrada. El cura compartió plenamente la cólera de la duquesa contra el indigno proceder de aquel hombre al que en todos los demás sitios llamaban «mi respetable amigo»; y, después de una visita de consolación, que duró lo menos siete cuartos de hora, la duquesa decidió enviar a París un emisario en busca de un médico.
Lo malo era que en la casa de Miossens nunca se había llamado a un médico de París para la servidumbre.
—Yo me permitiría sugerir a la señora duquesa una idea muy sencilla; llamar a ese médico para su propia salud, que, en realidad, tenemos el dolor de ver muy alterada con todos estos disgustos.
—Pero mis doncellas verán bien —contestó la duquesa en un tono romano— que a ese médico de París se le llama para Lamiel y no para mí.