Lamiel
Lamiel —No le hemos llamado, señor mÃo —exclamó la duquesa irritada—, para cambiar el orden de mi casa, sino para procurar, si puede, curar la indisposición de esta niña.
—Le presento a la señora duquesa mis más profundos respetos —exclamó el doctor con una aire sardónico— y me permito aconsejarle que llame al señor cura. Otros enfermos a los que sus familias me permitirán curar reclaman mi tiempo.
El doctor salió sin querer escuchar a madame Anselme, a quien la duquesa envió tras él. ¡Estaba ebrio de alegrÃa por infligir disgusto tal a una dama tan alta y de tan bella figura!
—¡Qué groserÃa, qué manera de faltar a todas las conveniencias! —exclamó la duquesa enfurecida—; como si no se le fuera a pagar a ese grosero personaje la segunda media hora que hubiera podido dedicar a la pequeña. Que vayan a buscar a Du Saillard.