Lamiel
Lamiel Luego se mostró maravillado por la enfermedad de la muchacha. «Es un caso muy raro en NormandÃa —se dijo—: el aburrimiento, el aburrimiento a pesar del trato con la duquesa, del excelente cocinero, de los frutos tempranos, de los magnÃficos muebles del castillo, etc., etc. Esto resulta curioso, luego no debo comportarme como para que me echen; he aplicado con demasiada fuerza lo cáustico grosero. Además esta mujer puede desmayarse, y con ella desmayada, yo me aburriré aquÃ. ¡Más mesura, señor doctor! La cosa más cruel que puedo inventar al servicio de esta gran dama, que me detesta en este momento, es enviar a la pequeña a casa de sus tÃos».
Sansfin volvió de pronto a sus maneras ordinarias; si no eran muy distinguidas, eran al menos las de un hombre reflexivo, abrumado de trabajo y sin tiempo para amortiguar el fuego de sus pensamientos ni para pulir sus expresiones.
Adoptó un tono muy lúgubre:
—Señora duquesa, tengo el sentimiento de tener que preparar su ánimo para lo más triste; todo se acabó para esta simpática niña. No veo más que un medio de retardar acaso los progresos de la terrible enfermedad del pecho; es preciso —añadió volviendo al aire duro— que vuelva a ocupar en la choza de los Hautemare el cuartito donde ha vivido tanto tiempo.